viernes, 8 de abril de 2011

CARTA AL AGUARÁ GUAZÚ Y SU COMPAÑERA

Hace un año los miembros de ong VIDA conocimos a Marcelo Camargo que se comunicaba con nosotros y nos comentaba de este hermoso animal que, quizás corrido por los desmontes y los trabajos de la autovía nacional 14 venía disparando hacia la zona del arroyo Urquiza, donde existe el Viejo Molino, situado entre el límite del departamento Uruguay y el de Colón. Por iniciativa conjunta imprimimos volantes con la foto del aguará guazú y su perfil. Marcelo se encargó de distribuirlos en la región y habló en las escuelas rurales, en Concepción del Uruguay distribuímos nosotros. Conocimos mucho más de este noble animal que la gente le teme pero al contrario es huidizo. Pasó un año, pero siempre los recordamos porque no se los ha vuelto a ver.


viernes 8 de abril de 2011

Carta a Aguará




Hola amigo. Fue hace un año, con días otoñales y el rocío de nuevo en los pastos, que un humano se restablecía de una cirugía y andaba tan lentamente como le era posible camino al arroyo, un sitio que aún conserva montes silvestres y el aroma de los bañados. Vos y tu compañera no lo vieron. O seguramente no habrían supuesto algún peligro en ese animal bastante viejo que miraba los pájaros sin posibilidad de alcanzarlos. Sería por eso que el olor de unos rastros a tan pocos instantes de la puesta del sol te habrían parecido más importantes que sentir conmiseración al ver aquel ser que no caía con un rugido ni se perdía en la espesura para morir con algo de dignidad. Y ocupado con tu compañera en tan sutiles rastros no notaste que el observador se había acercado un poco más hasta vos, que había logrado pararse a pocos metros de donde estabas y que seguía la escena fascinado.
Cuando alzaste la cabeza y lo descubriste mirándote no tuviste mejor idea que tomar una postura igual, te sentaste y clavaste tus ojos y tus grandes orejas peludas en su dirección. ¿De qué se trataba, después de todo? ¿No estaba en los relatos de los antiguos aguarás que el hombre era su peor enemigo? ¿No era esa carretera en construcción todo un símbolo de lo que pensaban ellos del mundo? ¿Y sus armas y sus perros y venenos? No había sitio donde no llegaran sus máquinas destruyéndolo todo, y hasta para descansar de sus vidas en los tacurúes urbanos elegían lugares verdes donde tampoco conseguían vivir ni dejaban vivir. ¡Su abuelo aguará le contaba que ellos vivían cortando pasto que no comían, gritaban aterrorizados de sólo ver un insecto y preferían cavar un pozo para bañarse antes que ir hasta el río allí cerca! ¿Cómo alguien podría ver la naturaleza sin sentirse orgulloso de ser una de sus criaturas? ¿Qué dioses habían escogido? ¿Por qué se detenía a pensarlo si no tenía remedio?
Y el hombre que te observaba, Aguará, contuvo la respiración como si su vida dependiera de ello. Se petrificó para que tu decisión de huir y abandonarlo se demorara el mayor tiempo posible. Tu compañera notó que algo no andaba bien, alzó la cabeza, y ni dos segundos después de descubrirlo, ya ambos desaparecían por entre el monte que baña el arroyo.
Hoy hace un año de aquello. El momento aquel fue guardado por el hombre y tu figura se pintó con entusiasmo en las escuelas, tan famoso, el americano libre, el aguará. Vos y tu compañera habrán escogido seguir los cursos de agua, y si todo salió bien, tu trote y el de ella le habrán sacado voces al suelo agreste de Montiel o a los vuelos delatorios de las aves por algún palmeral. Se me ocurre que también podría darte una súbita tristeza, que un ladrido nocturno para llamar a tu compañera o ese seguimiento obstinado de la luna te traiga cosas que no entendés muy bien y que te detengas, entonces, movido por una necesidad maravillosa y urgente de ahuecar tu boca y de nombrar lo innombrable.
Y quizás de eso se trataba, Aguará.
Al hombre le ha pasado. Gracias.

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